COCO, ESTÉTICA COMUNITARIA Y MUERTE FECUNDA

Coco, estética comunitaria y muerte fecunda
Por Víctor Estupiñán Munguía*
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Para Dayde Salcido Estupiñán y Eva, su mamá, quienes dejaron en libertad un riachuelo mejillal

La película extrae desde lo más profundo del subconsciente colectivo las raíces de la construcción social sobre la cultura de la muerte mexicana.
La estética comunitaria es vigorosa mediante el ritual sensible de la familia. Vemos una actuación de una muerte adelantada, muerte ansiosa, irreverente y rebelde por no esperase al juicio final que habla la Biblia.
Así, la imaginería mexicana salta la lógica bíblica y construye su propio mundo paralelo, donde la muerte posee los mismos valore y antivalores humanos. Se auto repleta de vida y ensueños. Es decir, “se pinta sola”. Una estructura con efecto mágico, sobre la base de la concertación social-familiar con la muerte renacentista.
Así, dentro del imaginario, si la muerte no contara con vida propia careciera de importancia, ya que los muertos estarían totalmente perdidos. La muerte es tan valiosa como la vida. Ambas se fecundan en su máxima  mexicanidad.
Vimos como el mexicano cuenta con tres posibilidades: “el mundo de los vivos”, “el mundo de los muertos” y “el mundo de  la muerte de los muertos”, por el olvido.
En la narrativa vemos un gran despliegue de símbolos y de ídolos, una verdadera selva que contribuye a la construcción social del sentido comunitario y familiar.
Símbolos tanto prehispánicos como las pirámides, perros aztecas sin pelos, flores de cempasúchil, velas, alejibres, ídolos de la farándula, deporte y arte.
También a una abuela empoderada con  “la chancla”, símbolo corrector y  despertador de conciencias, como quien dice, pedagogía tradicional; realizando  su contenido semiótico que es el de “tener los pies sobre la tierra”. Todos símbolos detentadores de la mexicanidad capaces de atrapar la atención de niños y adultos.
“El mundo de los vivos” se encuentra dividido por  tan sólo una delgada frontera que separa “el mundo de los muertos”. Dos mundos que se resignifican y se complementan en un mismo espejo y, cuya imagen es la cultura macabra muy mexicana.
La vida de los muertos es la continuación de la vida de los vivos. La diferencia es la pérdida de con-tacto directo. Sin embargo, en “el día de los muertos” los difuntos obtienen permiso para visitar a sus seres queridos; “bajando” por la alfombra dorada formada por flores de cempasúchil y, cuyos requisitos son el altar y el recuerdo.
El mexicano con esta puesta en escena sobre la cultura macabra, logra domesticarla al familiarizarse, es decir, al reconocerla por asociación como parte de su familia íntima y comunitaria.
La afiliación con la muerte es institucional desde tiempos prehispánicos, su forma de comulgar era engulléndola. Hoy en cambio se engulle festivamente en una orgía de colores, calaveras de azúcar, altares, flores, banderas de papel de china, alimentos, música, pirotecnia, y pan de muertos, entre más.
En la película aparece simplificada, suprimiéndole lo desbastador y complejidad cristiana sobre juicios finales, premios y castigos, ángeles y demonios, cielos e infierno. De tal suerte que el mexicano crea y recrea su propia salvación amparado bajo la luz de un imaginario lleno de convivio y lazos de esperanza familiar.
Vida y muerte, siamesas del mismo parto. Doble placenta mexicana: biofilia y necrofilia, Eros y Tanatos con “el día de muertos”. Posibilitando una zona de intersección donde con-viven vivos y muertos. Concurriendo a la famosa cita del 2 de noviembre, alegrías y felicidades, presencias y ausencias, llantos y cantos, carnes y huesos.
“Día de muertos”, todos Lázaros; fórmula mágica muy mexicana, castradora oportuna de testosterona macabra. Coyuntura festiva que tiene el mexicano de darle manicure en sus garras de tinieblas y en sus huesos mondos.
Si en Pedro Páramo de Juan Rulfo, todos los personajes están muertos pero llenos de vida; en “Coco”, encontramos dos mundos tras-tocados por la gran necesidad de la con-vivencia existencial.
La fiesta, familia y la muerte con vida, constituyen el triángulo ancestral azteca. Materializando el espacio compartido y la cultura solidaria.
Disney por ganar dinero no le importa que sea un golpe a Halloween, al efecto de la desritualización mexicana  mediante la cultura de masas extranjera. Sin embargo, refuerza la cultura de masas vernácula-mexicana.
La fuerza primordial de esta narrativa es que comparte exactamente la esencia de todas las religiones del mundo. Es decir, la continuación de la vida. Y como toda narrativa religiosa es esperanzadora, por ello cautiva y seduce y más, por tratarse  de una muerte viva.
Por eso “El día de muertos” es una religiosidad muy mexicana.   

* Víctor M. Estupiñán Munguía: Artesano de la palabra, escultor de ideas, danzante de emociones, arquitecto de sentimientos, pensador por distracción Cósmica, contador de estrellas por insomnio creativo, pintor de sueños por terapia humanista, especialista en transgredir las reglas ortográficas de la Real Academia Española, con neurosis cultural debido a que no puedo crear poemas que lleguen al corazón, chingólogo y sonorólogo, víctima de la libertad, democracia y ecocidio del capitalismo bárbaro, pero con licencia de la Madre Naturaleza para cortar flores y olerlas.-  Miembro de S.I.P.E.A. (Sociedad Internacional de Poetas, Escritores y Artistas)- Sonora “Por la paz del mundo”    victor-79@live.com.mx       





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