REENCUENTRO LITERARIO: EL PUEBLO, EL CINE, LA IGLESIA

 

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Por Víctor Manuel Estupiñán Munguía*  
“El pito de las chicharras hacía más intensa la soledad…Las chicharras pitaban en el patio, y la habitación tenía una temperatura vegetal.”
Gabriel García Márquez, “La mala hora” 1989: 94,95
El pueblo
Existen lugares y hechos tan comunes y, al mismo tiempo procesos tan generales, que uno se sorprende que sean tan parecidos. Eso se me quedó tan bien grabado cuando vi la magnífica película: “Cinema Paradice”.
De inmediato identifiqué a mi pueblo, a su idiosincrasia, sus personajes, sólo con otros nombres, su ambiente, su cielo, allí estaba aquel “cinito” que tanto nos hizo felices, el pueblo, su gente, la iglesia.  Los  sueños y, ensueños flotaban retozonamente  entretejidos en un ambiente paradisiaco.
Pero cuando leí la mala hora de Gabriel García Márquez, el rompecabezas tomó magnitudes mágicas. Todo un rencuentro literario con Ures.
La verdad es que siempre me acompañan los dulces recuerdos de mi infancia, aquellas vivencias tan intensas y, que son parte de la identidad de uno. Sin ellas, el espíritu andaría denudo, como espíritu errante, desquiciado y, huérfano de mil amores.  
Ese niño que guardamos en nuestro interior vive y, se alimenta gracias a esos deliciosos momentos inolvidables y, que le siguen dando dirección y cordura beneplácito.
Así, dentro del repertorio tan versátil, existen unos recuerdos tan especiales que a la menor provocación me gustan compartirlos. Existiendo una estructura piramidal en la construcción y, sustentación a distancia de recuerdos, nostalgia y melancolía.
Ellos son los generados en mi pueblo, el cine y la iglesia, por cierto, una gran trilogía en interacción que nos permite imaginarnos cuales y, cómo era el ambiente de un pueblo; seguramente con dichas características semejante a muchas otras realidades sociales.
En mi pueblo, la vida de niños fue muy entretenida.  Lo mismo jugábamos con resorteras y remolinos tirándoles a las cachoras, guicos, víboras y chanates.
Pero también más chicos, jugamos con chicharras, toritos del agua y mayates de higueras. En cambio, a las tortugas les pintábamos las divisiones del caparazón de diferentes colores. Lo mismo nos daba colgar un columpio de llanta o, juntar chúcata de los mezquites de los corrales o, del monte. Salir al monte era una gloria y, más cuando podíamos traer pitayas o, tunitas.
Todo el mundo del juego, giraba de la capacidad de imaginación y, de la propia temporada del año. La versatilidad natural dependía de aquellas.
Algunas cosas las recuerdo de manera especial, con mucha claridad. Por ejemplo de infancia, recuerdo cuando un día que me asomo a la calle, en ese instante veo al “Cachorón” y a Carlos Ayón, los cuales portaban “una risa de oreja a oreja”, para de inmediato preguntarme que si no tenía un gato que no quisiera; a lo cual  pensé que se trataba de una broma.
Sin embargo, después vienen otros niños los cuales me vuelven a hacer la misma pregunta, a los que les contesto que no; devolviéndoles que por qué tendría que tener uno; a lo que me dicen que los estaban comprando a un peso los chicos y, los grandes y gordos a 2 pesos, en el circo que estaba en el terreno junto al panteón. Ellos llevaban 5 en un costal.
A las dos horas me entero que pasan otros, de por allá de la Alameda, con otro costal con 7 gatos, en esa ocasión era un alboroto en todo el pueblo, aunque no para los gatos. Con ese dinero se podría asistir al cine y al propio circo el domingo y, otras muchas veces más.
Ahora bien, es increíble como con el tiempo viene a reencontrarlo a uno, en los laberintos mágicos de la literatura universal, puesto que al respecto encontré en la gran novela “La mala hora” de Gabriel García Márquez, una cita en que me activó para recordar y, escribir al respecto, he aquí:
     “_ Que están mandando a los muchachos a robarse los gatos.
_No es cierto _dijo el empresario_; compramos a peso todo gato que nos lleven sin preguntar de dónde salió, para alimentar a las fieras.
_ ¿Se los echan vivos?
_Ah, no _protestó el empresario-; eso despertaría el instinto de crueldad de las fieras.”  1989:84
Estoy seguro que se trata del mismo circo que se refiere el premio nobel, al que llegaba a aquel pueblo y, revolucionaba el mundo de los niños y, también de los gatos.
Por otro lado, existen ciertos personajes e imágenes que se quedan para siempre. Uno de ellos era el Dr. Raúl Terán Mirazo, todo un gran personaje, muy querido por todos por su humanismo y, gran capacidad profesional.
Me tocó conocerlo cuando debí de haber tenido unos 3 años, cuando me dio “las paperas”. En ese tiempo, tenía su consultorio cerca de la plaza Zaragoza, concretamente en seguida de la farmacia de aquellos tiempos, era una casona porfirista que aun existe en contraesquina del palacio municipal.
Por cierto, en la antesala tenía un juego de sillones con tubos niquelados, mismos que obligaban a mirar la pared de enfrente, en la cual, pendían tres cuadros con fotografías muy bien enmarcadas.
En la primera se podía ver a una mujer claramente enferma y desnuda, a sus espaldas, rodeada por la propia muerte. En la otra, la muerte de rodillas y, la mujer recargada en su hombro y, en la última,  la mujer siendo jalada por un brazo por el doctor y, por la otra, la muerte. Pareciera que entre ambos la quisieran  descuartizar.
A Los niños sobre todo, nos hipnotizaban dichas fotografías y, más cuando nos amenazaban con ellas. En la obra de “La mala hora” nos señala su autor: 
“Colgados en las paredes había un diploma amarillento, la litografía de una niña solferina con una mejilla carcomida en azul y el cuadro del médico disputándose con la muerte una mujer desnuda.”  Ob.cit. pag.169
Mi pueblo tenía sus propias dinámicas sociales, sus pausas y, sus motivaciones.
Me acuerdo muy bien que en mi pueblo, debí de haber tenido unos 4 años; cuando alguien se moría, se suspendían las fiestas, ya fueran públicas o privadas. Las bodas se recorrían, ya de perdida a una semana después. Un muerto podía poner al pueblo entero, en un verdadero luto.
Los que asistían al domicilio donde se había desencadenado “la tragedia”, tenían que asistir “de negrito”, es decir, era de buena moral asistir de luto. Incluso, estaban prohibidos los colores chillantes y, sobre todo, el rojo en camisas de  hombres.
Pareciera que todos pertenecíamos a una sola familia, a una gigante familia. Hasta los vecinos se vestían unos días de negro para “acompañar” a los deudos. Entonces sí había solidaridad y, rituales mancomunados.

 

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El cine
 
“”El salón de cine era un patio cercado con un muro de cemento, techado con lámina de zinc hasta la mitad de la platea, y...abonada con chicles y colillas de cigarros…las bancas de madera sin cepillar, la reja de hierro que separaba las lunetas de la galería, y advirtió una ondulación de vértigo en el espacio pintado de blanco en la pared del fondo, donde se proyectaba la película…habría reconocido al propietario del cine cuando pasó junto a él.”
Gabriel García Márquez, “La mala hora” 1989: 99,100
Recuerdo que cuando me encontraba en el patio de mi casa, sobre todo los sábados, ya fuera en el corredor platicando familiarmente, todos muy apoltronados, a eso de las cuatro de la tarde en adelante, incluso, cuando nos encontrábamos cenando, de repente, allá lejos se empezaba a escuchar el altavoz de don “Pancho Téllez” anunciando la función de la noche.
Como cualquier niño que ya sabía lo que era la magia del cine, el corazón empezaba a acelerarse y, la ansiedad aparecía de una sola pieza, al tiempo que mi cerebro realizaba un “corte de caja”, para saber si había humildes fondos para la entrada, ya fuera en luneta o galería. También realizaba la “contabilidad” conductual y, ética, para ver si tenía acumuladas buenas acciones para que pudiera  proceder el correspondiente permiso de la matrona de mi casa.
Recuerdo que los discos que hacía tocar don “Pancho Téllez” estaban muy rayados. Había veces que don Pancho no se daba cuenta y, los cantantes como el charro cantor, Antonio Aguilar; el señor de las sombras, Javier Solís; el rey del pueblo, Pedro Infante; el rey del falsete, Miguel Aceves Mejía; la embajadora de la canción mexicana, “la Grande”, Lola Beltrán; Lucha Villa, entre otras, repetían y repetían a todo volumen la misma “cantaleta”, parecía que les había dado demencia senil.
La aguja del tocadiscos les pegaba unos espantosos chillidos a los discos, resistiéndose a saltar al siguiente “surco” de aquellos discos de 33 y 45 revoluciones por minuto. Tenía pocos y, “pa´ cavarla de amolar” todos estaban rayados.
Ir al cine era todo un acontecimiento, por ejemplo, cuando era época de naranjas agrias, a falta en aquellos tiempos de comida chatarra, las introducíamos a escondidas, sin faltar los cartuchitos, uno de sal y, otro de chile en polvo. Al rato, todo el cine olía a naranjas agrias. Las bocas de los asistentes se convertían en verdaderas canoas.
También introducíamos los famosos “pirulines” que fabricaban artesanalmente de miel de abeja las señoras Andrades en la casa del “quirú” y, que antes de chuparlos los pasábamos por las naranjas agrias, mmm...que recuerdos.
En cambio, allá afuera, estaba “canito”, el del rancho de San Pedro, con su carreta vendiendo ya fueran los ricos elotes cocidos con salsa y limón o, los asados en braceros. También se juntaba “el choro” vendiendo jícamas y dulce de camote enmielado, coco de barra rayado, biznagas y cubiertos, según fuera el caso.
En aquellos tiempos las sodas eran lujo, además no estábamos tan enajenados a su consumo. Las palomitas eran tan caras, que parecía que le vendían el propio Espíritu Santo.
Los pocos chocolates eran los “carlos V”, que por lo caro parecía que eran sólo para los miembros directos de su corte; los “tecolotes” y los chocolates de balones.
En cambio los chocolates “milky way” y “snickers”, eran muy caros debido a que se traían desde nogales, además, al principio sólo se vendían con “la Siria”. También eran carísimos los chocolates con forma de cigarros; los que tenían cereza como relleno con licor; las pipas con chocolate líquido; chicles de “la flecha”; los chicles de bolas gigantes de sabor de uva; kisses; pulpitas de fresa, tamarindo y, los democráticos mazapanes.
Todo ello se podían comprar previamente y guardarse para la función, pero sólo lo hacían los adultos que tenían poder de compra de esos lujos y, los que andaban quedando bien con sus novias.
Pero no sólo las bodas y bailes se suspendían en esos tiempos, sino hasta la diversión más popular. El cine. Eso fue en un principio, después la sociedad exigía un mínimo de placer sano.
“La mala hora”, así lo consigna, muy semejante a la forma de mi pueblo:
“_Pero dar cine  hoy_ continúo_ es una falta de consideración habiendo un muerto en el pueblo. También eso hace parte de la moral.” 1989:23
No era muy común suspender la exhibición de las películas, sin embargo, recuerdo como dos o tres casos donde se suspendió.
“Se anuncia al respetable público _dijo una voz impersonal _que la función de esta noche ha sido suspendida, porque también esta empresa quiere asociarse al duelo.” 1989:24
Pero no sólo los muertos y los que estaban agonizando poseían dichos poderes de detener el gozo de fiestas, bailes, bodas y, al propio cine, sino que también había otra magna fuerza que lo podía realizar: las lluvias, sobre todo las tormentas con aguaceros, donde la fuerza del aire azotaba con el agua.
Por ejemplo, se consideraba de “muy mala suerte” que estando esperando con tantas ansias o adicción, la película que se exhibiría el domingo, cayera a media película una tórrida lluvia que “agua-diaba” aquella gran diversión tan popular y mágica, de chicos y grandes.
Había unas películas que se consideraban unas verdaderas joyas de entretenimiento, como las que tenían temáticas romanas, de época, de gladiadores, apaches, entre más.
Por lo que lógicamente por ningún motivo se deseaba perder el desarrollo y, el final de aquellas famosas historias.
“_Es la tercera película buena para todos que nos llega este año _dijo_. El domingo se quedaron tres rollos sin dar por culpa de la lluvia y hay mucha gente que quiere saber cómo termina.”
Gabriel García Márquez, “La mala hora”; 1989:24
Recuerdo que muchas veces, desde temprano se hacían largas colas, las cuales empezaban en la taquilla y, culebreaban por dentro, hasta salir a la banqueta de la calle, precisamente en la subidita donde se colocaban los carteles de las películas.
Cuando llegaba a la taquilla, don Pancho Téllez ya estaba todo tembloroso y, neurasténico de la emoción por tener tanta gente. Muchas veces se agotaban los boletos y, se iba rápidamente a la rejas para cobrar directamente sin aquellos.
En ese tiempo, los que operaban el proyector eran los señores Miguel Valencia y, el Prieto Robles, a los cuales se les interceptaba a cada momento y, en todo lugar para averiguarle sobre las posibles películas de las siguientes fechas.

La iglesia
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“Pero cada domingo, en la misa mayor, el padre…señalaba desde el púlpito y expulsaba de la iglesia a las mujeres que durante la semana habían contravenido su advertencia…El cura no las da la comunión a las mujeres que llevan mangas cortas, y ellas siguen usando mangas cortas, pero se ponen mangas postizas antes de entrar a misa.” 
Gabriel García Márquez, La mala hora;  1989:100
Pero las cosas se complicaban cuando el cine de los domingos se empalmaba con la realización de la misa. Ya que el local del cine se encontraba a media cuadra de la iglesia, es decir, en la misma plaza Zaragoza.
Después comprendí que se trataba de una especie de lucha entre lo sagrado y lo profano. Entre los poderes y ejércitos espirituales y los materiales, aunque ambos tenían bastante del contrario. 
“El padre admitió…Pero antes de que pudiera expresarlo, irrumpió en la quietud de la iglesia el ruidoso altoparlante del salón de  cine en la acera de enfrente. Primero fue un ronquido sordo. Después la raspadura de la aguja en el disco y en seguida un mambo que se inició con una trompeta estridente.” Ob.cit., 21
“_ ¿Hay función?_ preguntó el padre.
  Trinidad dijo que sí.
_ ¿Sabes qué dan?
_ Tarzán y la diosa verde_  dijo Trinidad_. La misma que no pudieron terminar el domingo por la lluvia. Buena para todos.” Ob.cit., 22
En aquellos tiempos, como en todo pueblo, “el padre”, “el cura” se encontraba constituida en una conciencia social, el cual vigilaba y cuidaba por sus ovejas, para que no se descarrilaran. El padre Fimbres era en sí un poder espiritual cotidiano, el cual no sólo se limitaba a lo que sucedía en espacio de su iglesia, sino que también se inmiscuía en la vida social del pueblo.
Lo mismo ordenaba sacar borrachitos de la iglesia, como solicitar que las mujeres se salieran del recinto por traer pantalones o, si asistían sin la famosa “blonda”, es decir, descubiertas de su cabeza. Tampoco a las jovencitas les permitía  faldas cortas o, las tremendas “minifaldas”.
Recuerdo que los domingos durante la celebración de la misa, casi al final hacía “encargos” a los padres de familia para que no permitieran asistir a sus hijos menores de edad a ciertas películas, por estar prohibidas.
“Luego buscó la calificación moral de la película, y por primera vez en su vida experimentó un oscuro sentimiento de soberbia cuando dio las doce campanadas rotundas de la prohibición absoluta. Por último, recostó un taburete en la puerta de la calle, sintiendo que su cabeza reventaba de dolor, y se dispuso a verificar públicamente quienes entraban al cine contrariando su advertencia.” Ob.cit., 99
Recuerdo que varias veces se presentaron algunos papás al cine a buscar a sus hijas, a las cuales, don Pancho Téllez las anunciaba por el alta voz, así: “A “X”  persona se le solicita en el pórtico de este cine, favor de pasar cuanto antes, ya que su papá la está esperando”.
 
Los amantes del cine de entonces, maravillados todos por este portentoso progreso de la ciencia y tecnología, podían escuchar otras canciones y los anuncios más perentorios urgiendo su presencia en la taquilla.
Las películas eran de las más variadas. La verdad es que casi todas nos hacían echar a volar la imaginación.

La felicidad nos la proporcionaban las más variadas aventuras, pudiendo ser de vaqueros e indios, mafias y gánsteres encabezados por “Tito” Junco o, por el gran  villano Carlos López Moctezuma, los cuales asesinaban a traición, ya fuera en las sombras de las banquetas de cantinas o, en las densas cortinas de humo de congales y, cabarets.

También podían ser “Santa”, la mujer de puerto, Espartaco, de Tintan, Santo, Piporro, de Enrique Guzmán César Costa y, un interminable etc. Todas tenían el poder de tenernos con la boca abierta y, agarrados de las duras bancas de madera sin cepillar.
Las estrellas y la luna, también gustaban de ver aquellas películas de las más diversas imaginaciones.  Fueron muchas las veces que también las sorprendí con sus bocas abiertas y, consternadas llorando de emoción.    
¿Cómo perder el con-tacto con la vida y los recuerdos de mi pueblo?, si penetra cada célula, cada hueso, cada mañana, cada atardecer y, en los sueños se pinta de cuerpo entero.

* Víctor M. Estupiñán Munguía: Pensador por distracción Cósmica, contador de estrellas por insomnio creativo, pintor de sueños por terapia humanista, especialista en transgredir las reglas ortográficas de la Real Academia Española, con neurosis cultural debido a que no puedo crear poemas que lleguen al corazón, víctima de la libertad, democracia y ecocidio del capitalismo bárbaro, pero con licencia de la Madre Naturaleza para cortar flores y olerlas.-
Miembro de S.I.P.E.A. (Sociedad Internacional de Poetas, Escritores y Artistas)- Sonora- “Por la paz del mundo”           victor-79@live.com.mx

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