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jueves, 8 de septiembre de 2016

LA BANALIDAD DEL MAL EN GRADO ESTUPIDO

LA BANALIDAD DEL MAL EN GRADO ESTUPIDO
Uriel Flores Aguayo

Con motivo de los juicios a los genocidas Nazis se escribió  sobre las características de tan singularmente siniestros personajes; cuando los veían en el Tribunal no dejaban de sorprenderse por su aspecto tan común y corriente, dando respuestas simples a preguntas complejas sobre acciones que no parecían humanas, como incinerar a millones de seres humanos. En diferentes proporciones, tiempos y lugares se han puesto en práctica métodos muy similares, como en la Camboya de Pol Pot  o en el Chile de Pinochet; en México, vivimos unan crisis humanitaria a manos de bandas de narcotraficantes, que incineran a la gente, les cortan las cabezas, los entierran en fosas dispersas o los arrojan a las calles, con la pavorosa omisión o complicidad de las autoridades. Los autores de estos hechos son personas que provienen de la sociedad tal cual, que están en el momento en que este fenómeno se expande; no son seres extraterrestres, a ellos les toca hacer lo que nos lastima pero que no podemos detener por la inutilidad de las instituciones en general; son parte de una inercia, de la maquinaria que camina sin obstáculos y que no se detiene por arengas morales o proclamas de paz. La historia nos enseña que es mucho mejor enfrentar a tiempo estos fenómenos altamente destructivos.

Ahora que vino Donald Trump, a nuestro país, acto muy cuestionado de manera generalizada, las críticas de analistas normalmente moderados subieron de tono, se fueron a definiciones fuertes, tildando de estupidez a la iniciativa de Peña Nieto; hacen una diferenciación con la maldad, exponiendo que la estupidez es más nefasta. Para ellos el malvado persigue hacer un daño pero, a cambio, obtiene un beneficio, mientras que el estúpido afecta al otro y también así mismo, es decir, no gana nada. Es terrible tener como opciones a la maldad y a la estupidez; la banalidad del mal se esfuma cuando pasa a los terrenos de la estupidez. El poder político local navega infestado de ambos rasgos, los transfiere a la sociedad, la contamina y corrompe. Siendo personas normales las que han decidido sobre nosotros, a las que les ha tocado su circunstancia, hay que juzgarlas como corresponde, ubicar su comportamiento como aquellas conductas que deben frenarse y evitarse.

En Veracruz vivimos un momento muy difícil, en una crisis generalizada, con autoridades omisas, con vacío de poder, envueltos en carencias económicas y una apabullante inseguridad. Es todo tan pesado y prolongado que sentimos que no hay salida, que estamos asfixiados. Lo que vemos es una demostración rápida y nociva de todo lo que no se debe hacer: el abandono de responsabilidades, la ausencia de Gobierno, la descomposición acelerada del tejido social, la violencia cotidiana y el peligro para todos. Vivimos un curso rápido y práctico de la demolición de las instituciones, de la violación brutal de las leyes, de la inutilidad de los poderes, de la degradación de investiduras y el mal ejemplo, deshonroso, de los que deberían ser servidores públicos. La debacle de Veracruz exige un trabajo titánico, extraordinario, para salir adelante. Parece que es aquí donde se combinan las dos características señaladas, el mal y la estupidez; no en forma pareja, tal vez con sus comportamientos propios, en altibajos, pero si observables en nuestra vida cotidiana. Es el peor de los mundos, el de los malos y los estúpidos.

Cuando uno piensa en Veracruz, en su situación desastrosa, puede plantearse ser voluntarista y afirmar que no hay problema, que poco a poco saldremos adelante; o hundirse en el pesimismo y declararse perdido, incrédulo ante lo que sea; también puede acudir al realismo, aceptar que no será fácil pero que, Veracruz, si tiene solución, que vamos a recuperarnos y que, no sin sacrificios extras, le encontraremos la solución a nuestros males actuales. No es consuelo de ninguna manera, pero echemos a volar nuestra imaginación y pensemos en las consecuencias de la segunda guerra mundial en países como la entonces URSS y Alemania, con enormes zonas de destrucción, que gracias a su esfuerzo y un poco de apoyo internacional lograron reconstruirse y recuperarse. Si todavía hay que vencer nuestro escepticismo, entonces pensemos en Nagasaki e Hiroshima, las ciudades Japonesas destruidas por las bombas nucleares lanzadas por el gobierno de EEUU; ambas se reconstruyeron y tienen una vida normal actualmente. Es obvio que acudo a ejemplos extremos pero es necesario ante las ideas que circulan por ahí diciendo que no tenemos salida; por supuesto que encontraremos los caminos adecuados, con la participación de los ciudadanos, con voluntad política y el liderazgo indispensable en estas condiciones.

De paso, en tanto nos convocamos y ponemos manos a la obra, hay que tener muy claras las causas del desastre que nos heredan para no volver a caer en lo mismo que criticamos. El gran tema son  la democracia y  del Estado de Derecho; debilitar a la primera trajo consecuencias nocivas para el segundo. Han sido muchos años en que los asuntos públicos se han manejado con criterios de un grupo político, con su agenda y su visión, donde se privilegia el negocio y se sigue la línea de administrar. Ante el caos y la crisis, lo que procede es restaurar a la democracia y recuperar el Estado de Derecho, oxigenando a la sociedad, canalizando las potencialidades ciudadanas, fortaleciendo lo público y garantizando que las autoridades serán eficaces y representativas. La vida pública será distinta y mejor, entraremos a un círculo virtuoso, nuevo, refrescante y de base para un lento pero esperanzador andar. Dada la profundidad de la crisis que nos agobia habrá que trabajar sobre prioridades, dejar para otro tiempo algunos sueños y políticas públicas superiores.


Recadito: Habrá que investigar urgentemente el demencial negocio de las concesiones de taxis en todo Veracruz.

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